William James

Vence el que se vence

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“… comenzamos por el ayuno. No sé si lo habéis probado alguna vez pero el ayuno voluntario es muy diferente del involuntario e implica más tentaciones. Primero redujimos nuestras comidas a dos al día, después a una. Las mejores autoridades están de acuerdo en que para controlar el cuerpo el ayuno es esencial y también en el Evangelio se dice que los peores espíritus obedecen solo a aquellos que ayunan y rezan. Redujimos mucho la cantidad de comida sin tener en cuenta la teoría clínica sobre la necesidad de albúmina, a veces, viviendo a base de aceite de oliva y pan o sólo de fruta, o de leche y arroz en pequeñísimas cantidades, mucho menos de lo que yo comía antes de una comida. Comenzamos a adelgazar más cada día y perdimos veinte libras en pocas semanas pero esto no me hizo renunciar a tal desesperada empresa… mejor morir de hambre que vivir como un esclavo. Además después practicamos las asana o posturas casi rompiendo nuestros miembros. Probad a sentaros en el suelo y a besar vuestras rodillas sin doblarlas o juntar vuestras manos sobre la parte superior generalmente inalcanzable de vuestra espalda o a llevar el pulgar de vuestro pie derecho a vuestra oreja izquierda sin doblar las rodillas. Estos son ejemplos fáciles de posturas para un yogui.
Durante todo este tiempo hacía también ejercicios de respiración, inspirando y respirando hasta dos minutos, respirando según diversos ritmos y diferentes posiciones… Después concentraba el pensamiento sobre varias partes del cuerpo y sobre procesos que suceden en su interior. Excluí todas las emociones… Después de pocas semanas no pude resistir y tuve que interrumpir todo al sobrevenirme el peor estado de postración en el que no había estado nunca…, y apenas me levanté de la cama lo intenté de nuevo, decidido a luchar hasta el final y sintiendo una especie de determinación que no había experimentado nunca antes, una cierta y absoluta voluntad de victoria a todo costa y de fe en ella. No puedo asegurar con certeza si fue mérito mío o una especie de gracia divina, pero prefiero suponer que fue ésta última. Estaba enfermo desde hacía siete años y muchos dicen que esto era la penitencia por tantos pecados. Quizá porque yo había sido un bajo y vil pecador estuviera en condiciones de ser perdonado y el Yoga era solo una ocasión exterior, un medio para la concentración de la voluntad. Todavía no pretendo explicar mucho de lo que he soportado pero el hecho es que desde que abandoné la cama el 20 de agosto no tuve ninguna crisis de postración más y ahora tengo la más fuerte convicción de que no la tendré jamás. Si consideráis que en los últimos años no he estado ni un solo mes en este letargo, coincidiréis en que también para un observador apasionado cuatro meses sucesivos de creciente salud son una prueba objetiva. Durante este tiempo he soportado penitencias severísimas disminuyendo el sueño y la comida y aumentando las tareas laborales y el ejercicio. Mi intuición se desarrolló con estas prácticas, he logrado un sentido de certeza que no había conocido antes sobre las cosas necesarias para el cuerpo y para la mente y mi cuerpo llegó a obedecer como un caballo salvaje domado. Mi mente también aprendió a obedecer y la corriente de pensamientos y sentimientos fue dirigida por mi voluntad. Dominé el sueño, el hambre y las distracciones del pensamiento, y llegué a conocer una paz nunca antes conocida, y un ritmo interno al unísono con un ritmo más profundo, más y más alto. Los deseos personales cesaron y se despertó una conciencia de ser un instrumento de un ser superior. Una cierta tranquilidad de indudable éxito en todas las empresas desempeñadas concede un poder grande y real… generalmente observábamos una gran soledad y un gran silencio… sentíamos una alegría inexpresable por las impresiones más simples de la naturaleza, por la luz, por el aire, por el paseo, por cualquier comida de lo más simple y, sobre todo, por la respiración rítmica que produce un estado mental sin pensamiento o sentimiento, y que, sin embargo, es muy intenso e indescriptible… Nos sentíamos absolutamente felices y nunca estábamos cansados, durmiendo solo desde las ocho de la tarde hasta la media noche y despertándonos con alegría dispuestos para otro día de estudio y ejercicio” .

Este largo fragmento pertenece a una carta que envió en 1907 a William James un amigo, cuyo nombre no es desvelado.

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