relato

El señor M.

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El señor M.
Al señor M. lo conocí un día a la salida del instituto en el que yo trabajaba como profesor. Estaba sentado dentro de un todoterreno. Me llamó la atención su expresión bondadosa y especialmente el aspecto tan cuidadoso que ofrecía. Pese a ser las dos de la tarde, parecía estar recién afeitado.
Yo había pinchado y me sentía en la urgencia de ir, no recuerdo ya que por qué razones, al pueblo de al lado. Tampoco recuerdo si se lo pedí yo o se ofreció él, pero sí recuerdo que pronto estuve sentado a su lado en el todoterreno enfilando la carretera. Yo le contaba anécdotas sobre mi trabajo, aludía a éste y a aquél alumno con la esperanza de que los conociera, presuponiendo que fuera del pueblo en el que yo trabajaba, y así trabar una conversación. Pero él callaba. Su silencio sin embargo se ofrecía cordial y en ningún modo desatento.
Cuando llegamos al cruce de la carretera en el que había que girar, pensé en bajarme para seguir andando y no molestarle más, porque el señor M. pareciera desvivirse desde su silencio en procurar que yo me sintiera bien. Aceleró y me llevó justamente hasta el pueblo a donde yo quería llegar.
Había un gran gentío en la calle. Parecía un día de fiesta. Olvidando yo mi quehacer y él quizá también el suyo, de esto no podía estar yo seguro, nos internamos en una iglesia donde se exponían grandes, y algunas de ellas terribles, figuras bíblicas. Sonaba música de órgano por megafonía. Por primera vez escuché su voz. Compartía el afectado acento de la gente del pueblo. Me sentí al principio un poco decepcionado con esto, pues no casaba con su delicado aspecto. Creía sin motivos que él no era de allí, ni de ningún lado en especial. Su sensibilidad y bonhomía me lo hacían provenir de lugares ignotos. Pero no. Él era de allí o al menos tenía el acento de los de allí. Se mostró por cierto repentinamente como un locuaz experto hablando de tal y cual figura y de la iglesia en general. Yo tuve que abandonar la iglesia al sentir mi teléfono móvil vibrar en el bolsillo.
Ya en la calle, hablé durante un tiempo en el que perdí la consciencia del mismo. Eran mis hermanas. Íbamos con los niños a reservar un restaurante para el fin de semana. Pero hablamos de mucho más. Me hallaba bajo el efecto inquietantemente bondadoso del señor M. y el de las figuras bíblicas retorcidas por el dolor. Hablamos sobre la vida, sobre la necesidad de descanso, la deseabilidad de una finalidad en la vida, del sol, de los niños, de la imprescindible disciplina. Muchos de ellos temas trascendentales que nosotros despachábamos con levedad y casi entre risas. Mientras hablaba con ellas, una se puso tras la otra, observé de soslayo al señor M. salir de la iglesia y salir al encuentro de una mujer y una niña pequeña. La mujer se conservaba bien a su edad y la pequeña tenía un pelo claro adorable. Qué familia tan envidiable, pensé enseguida. Se despidió de ellas y se marchó con paso firme.
Colgué el teléfono precipitadamente pues no imaginaba de hombre tan solícito despedida tan brusca. Quería al menos agradecerle lo que había hecho por mí. Lo perdí de vista en mi persecución y espeté a lo que ahora sí sabía que era su familia. Les rogué que me acompañaran a su casa, a donde, según me contó su mujer, se dirigía el señor M. Les metí algo de prisa, aunque no estábamos lejos, mientras alababa la importancia de la exposición en la iglesia. No esperaba encontrar algo en una localidad tan diminuta.
Cuando llegamos a la entrada de la casa, un pequeño porche con macetas de flores rojas, su mujer y yo observamos estáticos y alarmados una maquinilla de afeitar abandonada sobre el suelo junto a una mancha de sangre. La pequeña quiso agacharse a cogerla o quizá para jugar con ella. La mujer empezó a gritar sin mesura ni fin, fuera de sí ¿qué significa esto? ¿qué significa esto? Mi única intención en ese momento fue evitar que ambas se acercaran a la puerta, protegerlas y mientras me esforzaba en alejarlas, escuché el chasquido de mi propio vómito resonar contra el suelo.