juan fernando valenzuela magaña

Nuevos casos de Lupión. Juan Fernando Valenzuela Magaña.

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LUPIÓN: LA FRONTERA ENTRE LA REALIDAD Y LA FICCIÓN

Buenas tardes a los presentes.
Me toca presentar hoy en esta feria “Nuevos casos de Lupión”, un ramillete de cuentos en donde, parafraseando a su autor, se “abren como flores los problemas y los misterios”. Es esta la segunda publicación de una saga en la que el principal misterio sea quizá el propio protagonista: Lupión. El autor, Juan Fernando, se une a esta línea de personajes misteriosos, pues siguiendo el lema kantiano “de callar sobre sí mismo” ha querido ocultarse tras su obra y el tenerlo hoy presente es una de esas raras anomalías de la intrahistoria. Poco traicionaré esta vocación de invisibilidad. Sólo apuntaré que Juan Fernando Valenzuela es profesor de filosofía en el horario nocturno de bachillerato en Lucena, que proviene de Navas de san Juan, de la profundidad geográfica de los olivos jiennenses y del misticismo de su monotonía geométrica y que entra medias arribó como universitario a Granada, donde yo le conocí.
Desde entonces devine en un lector privilegiado y cómplice de sus escritos. Desde sus primeros despliegues, allá por la adolescencia, en los que el conflicto entre la realidad y el deseo muestra sus más afiladas aristas hasta el día al que hoy orillamos. Miles de páginas escritas bajo la fiebre del instinto de belleza y de asombro han corrido desde entonces, como se suele decir, bajo el puente. Son muchos los cuentos, relatos, novelas que forman las huellas que ha ido dejando tras sus pasos callados. Calibremos nuestra pupila ahora para no extraviarnos y parémonos en la presente publicación.

Cuando se abre un libro como éste, el que hoy presento, uno piensa que el sentido de la realidad ha quedado subvertido. Tras atravesar y dejar atrás como un asceta despojado de su presencia física, la tipografía del negro sobre el blanco, la rugosidad y los aromas del papel, cuando todo queda atrás, entonces entra uno enun bucle y parece volar sin la resistencia siquiera del aire.
Es maravilloso sentir con qué facilidad la realidad y la ficción quedan suspendidas. Pero nadie deba pensar que se trata de un sesudo tratado metafísico o del dislate quimérico de un visionario. Estos relatos plantean una trama en la mejor tradición detectivesca, cuya resolución no incluye la toma de huellas dactilares o cuerpos abandonados de gánsteres de camisa oscura y corbata clara. Pero en esta trama que te enreda y seduce, el peso de la tradición en el sentido más grave, sorprendentemente, de puro presente no alcanza a verse. Pero vayamos poco a poco.
Nos topamos de entrada con unos cuentos que en el fondo, o más bien en la forma, no son cuentos. Y no sabría decir qué rango lucen o en qué género se encuadran. Tampoco me preocupa mucho más la cuestión, pues no comparto el ánimo taxonomista de un crítico ni el mohín reprobatorio de un erudito. Qué son o sean en su forma no se me alcanza. Son ellos mismos. Sin más.
Uno de los principales efectos de esta creación, y ahora me refiero a la serie de Lupión en general, ha sido emborronamiento de, como ya he dicho, la frontera entre la realidad y la ficción. Lupión asiste como sagaz observador a los enigmas que se le vienen planteando. Una galería de personajes le cuentan y le plantean sus problemas y acertijos como si del oráculo de Delfos se tratara. Lupión, desde su autoridad o autoría vislumbra siempre la verdadera naturaleza del caso. En este sentido parece gozar de más realidad que los casos contados, narrados. Pero nosotros, como lectores, también asistimos a su vez como observadores de primera fila a sus reflexiones. Y en nosotros experimentamos aún una ganancia de realidad mayor. Y no hace falta constatarlo: somos reales. Y no dudamos de ello, como los personajes no dudan de ellos mismos. Menuda sorpresa nos llevaríamos en tal caso. Y si a ellos no les recriminamos su inconsciencia respecto de nuestra observación, qué tendríamos que reprocharnos a nosotros mismos cuando no percibimos a nuestros observadores. Como lectores, nosotros asistimos a sus vidas como esos alienígenas de Wells que observaban la tierra sin ser vistos. O como ese antropólogo ideal que en su observación se anula tanto que no interfiere para nada en las costumbres y en las vidas de la tribu objeto de su estudio.
Estas reflexiones pueden parecer alucinaciones de un presentador enajenado o, en mi descarga, de un creador alucinado. Pero ¿no estamos ante la piedra fundacional de la literatura? ¿No fue el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha el que sustituyó la experiencia primordial de la realidad por la experiencia radical de la literatura? ¿No vivió acaso antes en sus novelas de caballerías que en la extensa y soleada Mancha que le da el nombre?
Como dice uno de los personajes del libro, el peligro que mata es el peligro que salva. Y es que el hiato que surge entre la fantasía y la realidad nos permite no sólo enriquecer sino juzgar e incluso suplantar nuestra vida cotidiana. ¿Qué sería de nosotros sin nuestras quimeras?
Quisiera ahora insinuar un posible cierre del bucle entre los observados y los observadores, entre el nivel más bajo y el más alto: ¿dónde estarían las fronteras entre la ficción y la vida? Vale la pena pensar un poco sobre esta idea. Los personajes nos construyen a nosotros como nosotros los construimos. No sé si recuerdan ese cuadro maravilloso de Escher en el que una mano dibuja a otra mano que a su vez la dibuja a ella. Una se dota de realidad a la otra, ninguna sería posible sin la otra. Qué paradoja, ¿verdad? Y los cuentos de Juanfer serían la trasposición literaria de este artificio. La ficción crea la realidad en la medida que la realidad crea la ficción.
Somos animales literarios. ¿Somos criaturas literarias? Si fuéramos un personaje, no tendríamos en rigor acceso a nuestros lectores, es decir a un nivel superior de realidad. Ni influiría éste ni modificaría el curso de nuestras vidas.
No tenemos razones poderosas para pensar que los niveles de observación tengan un límite, de la misma forma que un principio o un final en el discurrir del tiempo es sólo un misterio que se puede señalar pero jamás demostrar.
Y todo este enjambre de ideas, este fondo inquietante se nos da a través de una escritura límpida, transparente. Y es que Juan Fernando es un espíritu generoso, de calidez intelectual mas de altos vuelos, pero armado con la cortesía del filósofo, que no es otra cosa que la claridad. No en vano Unamuno y Ortega lo apadrinaron en los años gloriosos en los que uno no ha dejado de ser niño sin llegar a ser un adulto, una vez su imaginación había sido espoleada por los clásicos juveniles. Más tarde aparecerían Kafka, Kundera, Marías, Landero y otros tantos amigos que cedieron sus palabras para dialogar allende las fronteras temporales. Sólo cuando el discípulo estaba preparado, apareció el maestro.
Sólo esa honestidad y una modestia desaforada han podido engañar por poco tiempo a muchos pero no mucho tiempo a unos pocos. En estos tiempos de confusión, en los que se escribe demasiado y se lee más rápido aún, es difícil separar el grano de la paja. Hay escritores de manual, advenedizos, de pose y tertulia, de escaparate y pirueta intelectual, vacíos como pompas infladas al viento a punto siempre de estallar. Y uno se alegra, se tienta los bolsillos y se refvriega los ojos cuando las palabras, esas palabras desgastadas por el abuso, brillan con una sobriedad diferente, porque provienen de un centro exquisito, que les cede parte de su luz como lo hace el sol con la luna. Sólo con escritores así es posible recuperar el optimismo en medio de una abundancia de letras que se ha convertido en indigencia, en medio de tantas novedades que pronto pasan de moda en un movimiento perpetuo de envejecimiento.
En estas páginas nos cruzaremos con Oliver Stone y con Platón, experimentaremos el chat como un simulacro de inteligencia artificial, la ingestión de una culebra nos devolverá a los mitos primordiales de nuestra civilización. El terror nocturno, la relación entre el hardware y el software, de la ópera y del poder homicida de un enigma irán desfilando ante nosotros. Pero sobre todo percibiremos la vida, latiendo, los personajes haciéndose un hueco, forjando quimeras, especulaciones, aquilatando reflexiones. Y qué no es la vida sino esa facilidad para trascender el conocimiento y abandonarnos a la imaginación.
Por cerrar otro bucle, concluimos esta presentación con la última frase del libro, que bien pudiera haber sido la primera: “un mundo que parece entreabrirse”. No quisiera desvelar más del contenido de estos nuevos casos para Lupión, pues una aproximación virgen a los mismos será seguro más jugosa que otra prejuiciada. Lo que sí es claro es que la vivencia de la literatura en Juan Fernando es lo suficientemente intensa y solvente como para garantizar unos relatos de calado muy profundo. Las armas de la seducción ya están expuestas, ahora le toca el turno al lector.
Muchas gracias por su atención.

 Se puede adquirir el libro en la página de la editorial edinexus.