Fausto

Comienza Fausto

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En una habitación gótica, que nos remite a la espiritualidad medieval, con su asumida subversión de valores: los celestiales por los terrenales; Fausto enumera los saberes a los que se ha dedicado. Se lamenta especialmente de la teología, que es la que más altos bienes promete. Tras tanto denuedo, concluye en que “wir nichts wissen können”, nada podemos saber.

El poco saber atesorado lo ha liberado del miedo del mundo y de sus diablos. Pero a la par también ha perdido su alegría: está desencantado. Desinflado ante tanto saber libresco “von allem Wissensqualm entladen” se vuelve hacia la naturaleza y pretende comunicarse con la luna.

Su habitación y sus libros han devenido en una suerte de cárcel, un impedimento para gozar de la inmediatez de la vida, de la naturaleza fecundada. Se impone una salida al mundo.

De la Edad Media ha heredado Fausto la exégesis de los libros como forma más preciada del saber. No se cuestiona el punto de partida, la iglesia como gran biblioteca velando por la tradición. Los viajes del Renacimiento coinciden con un viraje de la mirada: hacia el mundo.

Paralelamente Fausto ansía una pansofía, en la que el microcosmos encuentra su correspondencia y fundamento en el macrocosmos, como clave interpretativa del saber total, en el que todo tiene un sentido y ese sentido es el todo “wie alles sich zum Ganzen webt”. La Naturaleza, en un gesto de optimismo antropológico, no es indescifrable. Sólo hay que hacerse del código correcto.

Recogerán el hilo dos vertientes: la hegeliana, con su panracionalismo y la tecnocientífica con su panmatematismo. Fausto recibe una visita sin embargo.