el tren

La relatividad del movimiento.

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No estaba yo por hacer las maletas, ni Marina por despedirse. En mi caso, la negativa a renunciar a una beca, y en el suyo, la desolación de sentirse abandonada en el pueblo que nos vio crecer. Ahí estábamos los dos: como dos enamorados posando para una foto, bajo el reloj  grande y redondo que pendía entre los andenes. Subí al tren con el corazón destrozado, ella aguardó con lágrimas en las mejillas. Pero no pude moverme de perplejidad, al comprobar que era la estación la que se alejaba, y no yo, incrédulo, mientras veía a Marina hacerse pequeña en el horizonte.Imagenmic