paisajes

Atardeceres de verano

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A Kant lo leí ciertas noches de estío. Sobre sábanas de sarga blanca, bocabajo; las pantorrillas elevadas en aspa y los rumores de los vecinos a las ventanas. Mi piel ardiente, de soleadas tardes de playa. El jazmín intenso y los grillos ruidosos enmarcaban el pétreo texto kantiano. La pureza de la idea frente a la tibia sensualidad pagana.

– ¡ salte a jugar!- mis amigos en la calle vociferaban.

¡No! – que no me queda tiempo para llegar a ninguna parte- yo pensaba.

Era una edición argentina, de hojas amarillentas, rancias y nobles. Qué temblor de emoción “las razones naturales no pueden producir el deber”. Cierto es que Nietzsche y Schopenhauer merodeaban cerca. Pero yo había nacido kantiano.salobrena-wgl2dsc_3128-1_2_3

Salobreña

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  Paisaje de mi infancia.