literatura y pensamiento

Poemas esenciales en la lírica alemana

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PortadaPoemasEsenciales

Versión comentada y en bilingüe de algunos ejemplos líricos de Goethe, Heine, Celan, Benn, Kaschnitz, Hölderlin, etc. en la magnífica edición de Ediciones Rilke. Una ocasión para pasar un buen rato con los clásicos.

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Pedro Cerezo Galán

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DON PEDRO CEREZO GALÁN

Hace unos días asistí a una conferencia en Granada de uno de los más grandes intelectuales que ha dado la España moderna, y de los pocos que quedan en sentido lato. Alguien tan alejado del especialista sin corazón, que denunció Max Weber, como del incendiario libertador, que se embriaga en su propia crítica totalizante. Alguien que ha bebido la vida, la existencia, con la máxima avaricia, con la intensidad de lo que se va, quizá para no volver más, consciente del misterio sin límites que supone existir y lo existente, y que para ello se ha apropiado de toda la tradición del pensamiento, de la poesía, de la palabra,  de aquello que ha surgido de nuestras mentes más preclaras para hacer frente a lo que hay, siempre menesteroso de sentido. Es un gran conversador con los pensadores del pasado. Esto es lo que hemos hecho. Esto es lo que sabemos y sentimos. Somos una especie que ha cavilado con profundidad sobre nuestro exterior y nuestro interior. Y digo que se ha apropiado, y no estudiado, en sentido erudito y epitelial, porque es alguien que habla sintiendo cada palabra que dice, que hace suyo lo pensado, que siente pensando y piensa sintiendo. El pensamiento parece nacer al hilo de su discurso. No son palabras muertas. Se cuenta entre las pocas personas que hablan con propiedad, sabiendo de dónde vienen las palabras, cómo rezuman significado, rebañando en ellas todo su jugo.

Entre tanta inanidad, debiéramos en un último gesto dejar de ser vulgares y al menos reconocer la grandeza cuando se halla próxima. En otro caso habremos abdicado de la excelencia. Sus palabras fueron heroicas, trágicas, pregnantes. Nos legó el jugo exprimido de muchas horas de reflexión, con la candidez del sabio que se maravilla como un niño ante lo que dice, con la sencillez y el rigor que un pedante nunca imaginaría. La actualidad nos apabulla con la sobreinformación y nos impide distinguir el grano de la paja. Pero unos saben más que otros, y reconocer esa distancia es el primer paso que se da en el largo camino hacia la sabiduría.

Estamos indigentes de pensadores de esta altura y honestidad intelectual.  Las voces, que quieren imponer su razón con decibelios, no nos dejan oír la voz escondida, mesurada, dubitativa, crítica y autocrítica y aún así comprometida. Nuestra conciencia nos permite observar el universo. El universo puede auto-observarse gracias a nuestra conciencia. Es el espectáculo más maravilloso y asombroso que pueda existir, espectáculo sin embargo no exento de congoja.

Queremos seguir aprendiendo de usted. Muchas gracias, maestro.

El señor M.

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El señor M.
Al señor M. lo conocí un día a la salida del instituto en el que yo trabajaba como profesor. Estaba sentado dentro de un todoterreno. Me llamó la atención su expresión bondadosa y especialmente el aspecto tan cuidadoso que ofrecía. Pese a ser las dos de la tarde, parecía estar recién afeitado.
Yo había pinchado y me sentía en la urgencia de ir, no recuerdo ya que por qué razones, al pueblo de al lado. Tampoco recuerdo si se lo pedí yo o se ofreció él, pero sí recuerdo que pronto estuve sentado a su lado en el todoterreno enfilando la carretera. Yo le contaba anécdotas sobre mi trabajo, aludía a éste y a aquél alumno con la esperanza de que los conociera, presuponiendo que fuera del pueblo en el que yo trabajaba, y así trabar una conversación. Pero él callaba. Su silencio sin embargo se ofrecía cordial y en ningún modo desatento.
Cuando llegamos al cruce de la carretera en el que había que girar, pensé en bajarme para seguir andando y no molestarle más, porque el señor M. pareciera desvivirse desde su silencio en procurar que yo me sintiera bien. Aceleró y me llevó justamente hasta el pueblo a donde yo quería llegar.
Había un gran gentío en la calle. Parecía un día de fiesta. Olvidando yo mi quehacer y él quizá también el suyo, de esto no podía estar yo seguro, nos internamos en una iglesia donde se exponían grandes, y algunas de ellas terribles, figuras bíblicas. Sonaba música de órgano por megafonía. Por primera vez escuché su voz. Compartía el afectado acento de la gente del pueblo. Me sentí al principio un poco decepcionado con esto, pues no casaba con su delicado aspecto. Creía sin motivos que él no era de allí, ni de ningún lado en especial. Su sensibilidad y bonhomía me lo hacían provenir de lugares ignotos. Pero no. Él era de allí o al menos tenía el acento de los de allí. Se mostró por cierto repentinamente como un locuaz experto hablando de tal y cual figura y de la iglesia en general. Yo tuve que abandonar la iglesia al sentir mi teléfono móvil vibrar en el bolsillo.
Ya en la calle, hablé durante un tiempo en el que perdí la consciencia del mismo. Eran mis hermanas. Íbamos con los niños a reservar un restaurante para el fin de semana. Pero hablamos de mucho más. Me hallaba bajo el efecto inquietantemente bondadoso del señor M. y el de las figuras bíblicas retorcidas por el dolor. Hablamos sobre la vida, sobre la necesidad de descanso, la deseabilidad de una finalidad en la vida, del sol, de los niños, de la imprescindible disciplina. Muchos de ellos temas trascendentales que nosotros despachábamos con levedad y casi entre risas. Mientras hablaba con ellas, una se puso tras la otra, observé de soslayo al señor M. salir de la iglesia y salir al encuentro de una mujer y una niña pequeña. La mujer se conservaba bien a su edad y la pequeña tenía un pelo claro adorable. Qué familia tan envidiable, pensé enseguida. Se despidió de ellas y se marchó con paso firme.
Colgué el teléfono precipitadamente pues no imaginaba de hombre tan solícito despedida tan brusca. Quería al menos agradecerle lo que había hecho por mí. Lo perdí de vista en mi persecución y espeté a lo que ahora sí sabía que era su familia. Les rogué que me acompañaran a su casa, a donde, según me contó su mujer, se dirigía el señor M. Les metí algo de prisa, aunque no estábamos lejos, mientras alababa la importancia de la exposición en la iglesia. No esperaba encontrar algo en una localidad tan diminuta.
Cuando llegamos a la entrada de la casa, un pequeño porche con macetas de flores rojas, su mujer y yo observamos estáticos y alarmados una maquinilla de afeitar abandonada sobre el suelo junto a una mancha de sangre. La pequeña quiso agacharse a cogerla o quizá para jugar con ella. La mujer empezó a gritar sin mesura ni fin, fuera de sí ¿qué significa esto? ¿qué significa esto? Mi única intención en ese momento fue evitar que ambas se acercaran a la puerta, protegerlas y mientras me esforzaba en alejarlas, escuché el chasquido de mi propio vómito resonar contra el suelo.

La actualidad de Ortega y Gasset.

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ACTUALIDAD DE ORTEGA Y GASSET

Quizá haya que  conservar pocas cosas, un par de ideas. De Ortega recuerdo algunas. Su denuncia del delirio legislativo de los españoles, por el que tenían las costumbre de darse leyes para no cumplirlas. Sin cumplimiento de la ley no hay ciudadanos. ¿Por qué a estas alturas hay que estar recordando todavía estas enseñanzas?. Otra idea suya era la incapacidad de los españoles para asegurarse de que el más cualificado llegue a los puestos más altos. La excelencia no se reconoce. La envidia y el trapicheo son caminos más rectos y seguros para medrar hacia los puestos de arriba. No son sólo moralmente repugnantes este par de costumbres, que van contra la misma idea de civilización,  sino que desde un punto de vista egoísta, es disfuncional, nuestra sociedad no es mejor ni se hace más próspera. Una sociedad no avanza sobre la base de la sospecha generalizada.

A veces es tampoco lo que hay que recordar, comprender, asumir. Y sin embargo, no aprendemos. Qué cansancio ver lo mismo. Siempre lo mismo.

Messkirch y Heidegger

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“Con gusto haré lo que esté en mis manos para promocionar sus estudios”, escribía Edmund Husserl a Martin Heidegger en septiembre de 1917. En la ciudad alemana de Friburgo, buscaba Heidegger el apoyo del fundador de la fenomenología, y todavía seis años después, se sigue proclamando públicamente discípulo de Husserl para aprovechar la cobertura académica que éste le procura. Husserl por otro lado está encantado con él: “los claros ojos del alma, el corazón claro, la voluntad de vida lúcidamente dirigida… oh, su juventud, qué alegría y aliento me da el hecho de que con sus cartas me permita usted participar de ellas”.
Messkirch es un pueblo pequeño y apacible, perdido en los prados infinitos de Baden-Württemberg. Allí nació y creció Martin Heidegger, al amparo místico y solitario una torre muy alta, la de la iglesia de St. Martin donde su padre era sacristán. Desde allí veía difuminarse la multiplicidad de senderos que para él no eran otra cosa que el pensar. Pensar es ponerse en camino. Allí pervive hoy un museo dedicado a su memoria, que cuando se visita sorprende el exiguo número de peregrinos, tratándose como se trata de uno de los pensadores más influyentes del siglo XX. En su peregrinar por las instituciones académicas, no podría borrarse de su pupila los tejados rojos del pueblo, los paseos artificiales del Hofgarten, o el Stadtbrunnen, esa fuentecita tan típica de las ciudades alemanas, adornada con una maceta que suaviza la áspera piedra horadada por la lluvia. Heidegger siempre fue un provinciano en su aspecto, aunque la poderosa imaginación de su pensamiento le llevó a los límites de la experiencia vital.
En 1928 ocupa Heidegger la cátedra de Husserl en Friburgo, cuando el año anterior le había dedicado ya la publicación de su obra hasta entonces más ambiciosa Ser y tiempo. Husserl, que era judío, fue destituido al tiempo que irónicamente Heidegger veía en el movimiento nazi el deslumbre de una nueva era, una potente luz que infundía valor y esperanza en un mundo del que habían huido los dioses. Por fin se presentaba la ocasión, la oportunidad histórica para el espíritu, y Adolf Hitler un oportuno catalizador. Se hizo cargo un Heidegger muy ilusionado del rectorado de la universidad, con toda la carga simbólica y de responsabilidad que conllevaba tal cargo. Se mantuvo ambiguamente distante de las proclamas políticas que aquí y allá se propagaban, mas no acabó de rechazar la división de los gerifaltes alemanes entre judíos y no judíos. Heidegger no obstante empieza a politizar e interpretar en un sentido muy determinado y concreto toda su jerga metafísica, mientras sus compañeros de viaje (Hannah Arendt, Elisabeth Blochmann, Kart Löwith…) se ven abocados a abandonar Alemania, al tiempo que él lamenta, pero no condena los hechos. Uno de sus discursos, en el año treinta y tres lleva el título de Manifiesto de la ciencia alemana a favor de Adolf Hitler.
Parece ser que la profundidad de su mirada en los terrenos del pensamiento no le sirvió de nada para caer en la cuenta de la tragedia que se avecinaba. En sus delirios de grandeza, en los que se veía como “el Führer de los Führer”, cayó en una tentación, que desde Platón se conoce como la ambición del filósofo rey. No pudo Heidegger o no supo empatizar con sus compañeros de camino hacia la sabiduría. Ni siquiera con la aguda y cercana para él pensadora judía Hannah Arendt, con quien mantuvo un largo y adúltero romance. Llegó incluso a denunciar a Eduard Baumgarten, el filósofo que quiso estudiar bajo su auspicio, y que tras un giró hacia el pragmatismo americano, fue denunciado por Heidegger, quien escribió una carta al doctor Vogel, cabecilla nazi universitario, en donde le decía. “durante su estancia en Friburgo (Baumgarten) ni por su carácter, ni por su capacidad era apropiado para la reflexión filosófica… fue de todo menos un nacionalsocialista… y lo considero inadecuado para entrar en la SA y en la docencia…”. Carta que fue desechada por su gran carga de odio.
Pero en el pequeño pueblo de Messkirch no ha quedado rastro de este descalabro meditativo, y conserva su aire rural, como a Heidegger le gustaba, sus caminos difuminándose en el horizonte, y unas pequeñas mesitas redondas que amenizan el atardecer con sus redondeadas jarras donde la cerveza espesa y casi tibia aguarda.

Nuevos casos de Lupión. Juan Fernando Valenzuela Magaña.

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LUPIÓN: LA FRONTERA ENTRE LA REALIDAD Y LA FICCIÓN

Buenas tardes a los presentes.
Me toca presentar hoy en esta feria “Nuevos casos de Lupión”, un ramillete de cuentos en donde, parafraseando a su autor, se “abren como flores los problemas y los misterios”. Es esta la segunda publicación de una saga en la que el principal misterio sea quizá el propio protagonista: Lupión. El autor, Juan Fernando, se une a esta línea de personajes misteriosos, pues siguiendo el lema kantiano “de callar sobre sí mismo” ha querido ocultarse tras su obra y el tenerlo hoy presente es una de esas raras anomalías de la intrahistoria. Poco traicionaré esta vocación de invisibilidad. Sólo apuntaré que Juan Fernando Valenzuela es profesor de filosofía en el horario nocturno de bachillerato en Lucena, que proviene de Navas de san Juan, de la profundidad geográfica de los olivos jiennenses y del misticismo de su monotonía geométrica y que entra medias arribó como universitario a Granada, donde yo le conocí.
Desde entonces devine en un lector privilegiado y cómplice de sus escritos. Desde sus primeros despliegues, allá por la adolescencia, en los que el conflicto entre la realidad y el deseo muestra sus más afiladas aristas hasta el día al que hoy orillamos. Miles de páginas escritas bajo la fiebre del instinto de belleza y de asombro han corrido desde entonces, como se suele decir, bajo el puente. Son muchos los cuentos, relatos, novelas que forman las huellas que ha ido dejando tras sus pasos callados. Calibremos nuestra pupila ahora para no extraviarnos y parémonos en la presente publicación.

Cuando se abre un libro como éste, el que hoy presento, uno piensa que el sentido de la realidad ha quedado subvertido. Tras atravesar y dejar atrás como un asceta despojado de su presencia física, la tipografía del negro sobre el blanco, la rugosidad y los aromas del papel, cuando todo queda atrás, entonces entra uno enun bucle y parece volar sin la resistencia siquiera del aire.
Es maravilloso sentir con qué facilidad la realidad y la ficción quedan suspendidas. Pero nadie deba pensar que se trata de un sesudo tratado metafísico o del dislate quimérico de un visionario. Estos relatos plantean una trama en la mejor tradición detectivesca, cuya resolución no incluye la toma de huellas dactilares o cuerpos abandonados de gánsteres de camisa oscura y corbata clara. Pero en esta trama que te enreda y seduce, el peso de la tradición en el sentido más grave, sorprendentemente, de puro presente no alcanza a verse. Pero vayamos poco a poco.
Nos topamos de entrada con unos cuentos que en el fondo, o más bien en la forma, no son cuentos. Y no sabría decir qué rango lucen o en qué género se encuadran. Tampoco me preocupa mucho más la cuestión, pues no comparto el ánimo taxonomista de un crítico ni el mohín reprobatorio de un erudito. Qué son o sean en su forma no se me alcanza. Son ellos mismos. Sin más.
Uno de los principales efectos de esta creación, y ahora me refiero a la serie de Lupión en general, ha sido emborronamiento de, como ya he dicho, la frontera entre la realidad y la ficción. Lupión asiste como sagaz observador a los enigmas que se le vienen planteando. Una galería de personajes le cuentan y le plantean sus problemas y acertijos como si del oráculo de Delfos se tratara. Lupión, desde su autoridad o autoría vislumbra siempre la verdadera naturaleza del caso. En este sentido parece gozar de más realidad que los casos contados, narrados. Pero nosotros, como lectores, también asistimos a su vez como observadores de primera fila a sus reflexiones. Y en nosotros experimentamos aún una ganancia de realidad mayor. Y no hace falta constatarlo: somos reales. Y no dudamos de ello, como los personajes no dudan de ellos mismos. Menuda sorpresa nos llevaríamos en tal caso. Y si a ellos no les recriminamos su inconsciencia respecto de nuestra observación, qué tendríamos que reprocharnos a nosotros mismos cuando no percibimos a nuestros observadores. Como lectores, nosotros asistimos a sus vidas como esos alienígenas de Wells que observaban la tierra sin ser vistos. O como ese antropólogo ideal que en su observación se anula tanto que no interfiere para nada en las costumbres y en las vidas de la tribu objeto de su estudio.
Estas reflexiones pueden parecer alucinaciones de un presentador enajenado o, en mi descarga, de un creador alucinado. Pero ¿no estamos ante la piedra fundacional de la literatura? ¿No fue el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha el que sustituyó la experiencia primordial de la realidad por la experiencia radical de la literatura? ¿No vivió acaso antes en sus novelas de caballerías que en la extensa y soleada Mancha que le da el nombre?
Como dice uno de los personajes del libro, el peligro que mata es el peligro que salva. Y es que el hiato que surge entre la fantasía y la realidad nos permite no sólo enriquecer sino juzgar e incluso suplantar nuestra vida cotidiana. ¿Qué sería de nosotros sin nuestras quimeras?
Quisiera ahora insinuar un posible cierre del bucle entre los observados y los observadores, entre el nivel más bajo y el más alto: ¿dónde estarían las fronteras entre la ficción y la vida? Vale la pena pensar un poco sobre esta idea. Los personajes nos construyen a nosotros como nosotros los construimos. No sé si recuerdan ese cuadro maravilloso de Escher en el que una mano dibuja a otra mano que a su vez la dibuja a ella. Una se dota de realidad a la otra, ninguna sería posible sin la otra. Qué paradoja, ¿verdad? Y los cuentos de Juanfer serían la trasposición literaria de este artificio. La ficción crea la realidad en la medida que la realidad crea la ficción.
Somos animales literarios. ¿Somos criaturas literarias? Si fuéramos un personaje, no tendríamos en rigor acceso a nuestros lectores, es decir a un nivel superior de realidad. Ni influiría éste ni modificaría el curso de nuestras vidas.
No tenemos razones poderosas para pensar que los niveles de observación tengan un límite, de la misma forma que un principio o un final en el discurrir del tiempo es sólo un misterio que se puede señalar pero jamás demostrar.
Y todo este enjambre de ideas, este fondo inquietante se nos da a través de una escritura límpida, transparente. Y es que Juan Fernando es un espíritu generoso, de calidez intelectual mas de altos vuelos, pero armado con la cortesía del filósofo, que no es otra cosa que la claridad. No en vano Unamuno y Ortega lo apadrinaron en los años gloriosos en los que uno no ha dejado de ser niño sin llegar a ser un adulto, una vez su imaginación había sido espoleada por los clásicos juveniles. Más tarde aparecerían Kafka, Kundera, Marías, Landero y otros tantos amigos que cedieron sus palabras para dialogar allende las fronteras temporales. Sólo cuando el discípulo estaba preparado, apareció el maestro.
Sólo esa honestidad y una modestia desaforada han podido engañar por poco tiempo a muchos pero no mucho tiempo a unos pocos. En estos tiempos de confusión, en los que se escribe demasiado y se lee más rápido aún, es difícil separar el grano de la paja. Hay escritores de manual, advenedizos, de pose y tertulia, de escaparate y pirueta intelectual, vacíos como pompas infladas al viento a punto siempre de estallar. Y uno se alegra, se tienta los bolsillos y se refvriega los ojos cuando las palabras, esas palabras desgastadas por el abuso, brillan con una sobriedad diferente, porque provienen de un centro exquisito, que les cede parte de su luz como lo hace el sol con la luna. Sólo con escritores así es posible recuperar el optimismo en medio de una abundancia de letras que se ha convertido en indigencia, en medio de tantas novedades que pronto pasan de moda en un movimiento perpetuo de envejecimiento.
En estas páginas nos cruzaremos con Oliver Stone y con Platón, experimentaremos el chat como un simulacro de inteligencia artificial, la ingestión de una culebra nos devolverá a los mitos primordiales de nuestra civilización. El terror nocturno, la relación entre el hardware y el software, de la ópera y del poder homicida de un enigma irán desfilando ante nosotros. Pero sobre todo percibiremos la vida, latiendo, los personajes haciéndose un hueco, forjando quimeras, especulaciones, aquilatando reflexiones. Y qué no es la vida sino esa facilidad para trascender el conocimiento y abandonarnos a la imaginación.
Por cerrar otro bucle, concluimos esta presentación con la última frase del libro, que bien pudiera haber sido la primera: “un mundo que parece entreabrirse”. No quisiera desvelar más del contenido de estos nuevos casos para Lupión, pues una aproximación virgen a los mismos será seguro más jugosa que otra prejuiciada. Lo que sí es claro es que la vivencia de la literatura en Juan Fernando es lo suficientemente intensa y solvente como para garantizar unos relatos de calado muy profundo. Las armas de la seducción ya están expuestas, ahora le toca el turno al lector.
Muchas gracias por su atención.

 Se puede adquirir el libro en la página de la editorial edinexus.

Vence el que se vence

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“… comenzamos por el ayuno. No sé si lo habéis probado alguna vez pero el ayuno voluntario es muy diferente del involuntario e implica más tentaciones. Primero redujimos nuestras comidas a dos al día, después a una. Las mejores autoridades están de acuerdo en que para controlar el cuerpo el ayuno es esencial y también en el Evangelio se dice que los peores espíritus obedecen solo a aquellos que ayunan y rezan. Redujimos mucho la cantidad de comida sin tener en cuenta la teoría clínica sobre la necesidad de albúmina, a veces, viviendo a base de aceite de oliva y pan o sólo de fruta, o de leche y arroz en pequeñísimas cantidades, mucho menos de lo que yo comía antes de una comida. Comenzamos a adelgazar más cada día y perdimos veinte libras en pocas semanas pero esto no me hizo renunciar a tal desesperada empresa… mejor morir de hambre que vivir como un esclavo. Además después practicamos las asana o posturas casi rompiendo nuestros miembros. Probad a sentaros en el suelo y a besar vuestras rodillas sin doblarlas o juntar vuestras manos sobre la parte superior generalmente inalcanzable de vuestra espalda o a llevar el pulgar de vuestro pie derecho a vuestra oreja izquierda sin doblar las rodillas. Estos son ejemplos fáciles de posturas para un yogui.
Durante todo este tiempo hacía también ejercicios de respiración, inspirando y respirando hasta dos minutos, respirando según diversos ritmos y diferentes posiciones… Después concentraba el pensamiento sobre varias partes del cuerpo y sobre procesos que suceden en su interior. Excluí todas las emociones… Después de pocas semanas no pude resistir y tuve que interrumpir todo al sobrevenirme el peor estado de postración en el que no había estado nunca…, y apenas me levanté de la cama lo intenté de nuevo, decidido a luchar hasta el final y sintiendo una especie de determinación que no había experimentado nunca antes, una cierta y absoluta voluntad de victoria a todo costa y de fe en ella. No puedo asegurar con certeza si fue mérito mío o una especie de gracia divina, pero prefiero suponer que fue ésta última. Estaba enfermo desde hacía siete años y muchos dicen que esto era la penitencia por tantos pecados. Quizá porque yo había sido un bajo y vil pecador estuviera en condiciones de ser perdonado y el Yoga era solo una ocasión exterior, un medio para la concentración de la voluntad. Todavía no pretendo explicar mucho de lo que he soportado pero el hecho es que desde que abandoné la cama el 20 de agosto no tuve ninguna crisis de postración más y ahora tengo la más fuerte convicción de que no la tendré jamás. Si consideráis que en los últimos años no he estado ni un solo mes en este letargo, coincidiréis en que también para un observador apasionado cuatro meses sucesivos de creciente salud son una prueba objetiva. Durante este tiempo he soportado penitencias severísimas disminuyendo el sueño y la comida y aumentando las tareas laborales y el ejercicio. Mi intuición se desarrolló con estas prácticas, he logrado un sentido de certeza que no había conocido antes sobre las cosas necesarias para el cuerpo y para la mente y mi cuerpo llegó a obedecer como un caballo salvaje domado. Mi mente también aprendió a obedecer y la corriente de pensamientos y sentimientos fue dirigida por mi voluntad. Dominé el sueño, el hambre y las distracciones del pensamiento, y llegué a conocer una paz nunca antes conocida, y un ritmo interno al unísono con un ritmo más profundo, más y más alto. Los deseos personales cesaron y se despertó una conciencia de ser un instrumento de un ser superior. Una cierta tranquilidad de indudable éxito en todas las empresas desempeñadas concede un poder grande y real… generalmente observábamos una gran soledad y un gran silencio… sentíamos una alegría inexpresable por las impresiones más simples de la naturaleza, por la luz, por el aire, por el paseo, por cualquier comida de lo más simple y, sobre todo, por la respiración rítmica que produce un estado mental sin pensamiento o sentimiento, y que, sin embargo, es muy intenso e indescriptible… Nos sentíamos absolutamente felices y nunca estábamos cansados, durmiendo solo desde las ocho de la tarde hasta la media noche y despertándonos con alegría dispuestos para otro día de estudio y ejercicio” .

Este largo fragmento pertenece a una carta que envió en 1907 a William James un amigo, cuyo nombre no es desvelado.