El viajante

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Mi mirada hasta allí viaja,

los ojos entornados entre jirones de legaña,

y contemplo arriba, en la pendiente,

agarradas a la montaña,

con sus ventanas ciegas por ojos

y los tejados de pizarra

y sus puertas desvencijadas,

cuales bocas enfermas o  mal cuidadas,

llenas de dientes podridos

y carmín de mala fama,

allí contemplo esas casas

y aún más arriba y sobre ellas

el cielo sin forma ni trazas,

polígono azul sin lados;

y ásperos y secos arbustos

bajo el aire transparente

que todo lo abraza.

 

Pero nada reconozco,

nada,

salvo la sombra femenina

de oscura madera negra,

es la viola,

por un momento callada.

 

No comprendo las formas,

ni las distancias,

ni los colores.

ni el frío que baja.

Aunque de cada cosa tenga su nombre,

más allá de mis palabras,

de sus lugares acostumbrados,

ellas, las cosas, las casas,

me dicen nada,

inaccesibles,

extrañas,

y yo

las estoy mirando,

las miro desde la callada.

¿Dónde estará mi casa?

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