Messkirch y Heidegger

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“Con gusto haré lo que esté en mis manos para promocionar sus estudios”, escribía Edmund Husserl a Martin Heidegger en septiembre de 1917. En la ciudad alemana de Friburgo, buscaba Heidegger el apoyo del fundador de la fenomenología, y todavía seis años después, se sigue proclamando públicamente discípulo de Husserl para aprovechar la cobertura académica que éste le procura. Husserl por otro lado está encantado con él: “los claros ojos del alma, el corazón claro, la voluntad de vida lúcidamente dirigida… oh, su juventud, qué alegría y aliento me da el hecho de que con sus cartas me permita usted participar de ellas”.
Messkirch es un pueblo pequeño y apacible, perdido en los prados infinitos de Baden-Württemberg. Allí nació y creció Martin Heidegger, al amparo místico y solitario una torre muy alta, la de la iglesia de St. Martin donde su padre era sacristán. Desde allí veía difuminarse la multiplicidad de senderos que para él no eran otra cosa que el pensar. Pensar es ponerse en camino. Allí pervive hoy un museo dedicado a su memoria, que cuando se visita sorprende el exiguo número de peregrinos, tratándose como se trata de uno de los pensadores más influyentes del siglo XX. En su peregrinar por las instituciones académicas, no podría borrarse de su pupila los tejados rojos del pueblo, los paseos artificiales del Hofgarten, o el Stadtbrunnen, esa fuentecita tan típica de las ciudades alemanas, adornada con una maceta que suaviza la áspera piedra horadada por la lluvia. Heidegger siempre fue un provinciano en su aspecto, aunque la poderosa imaginación de su pensamiento le llevó a los límites de la experiencia vital.
En 1928 ocupa Heidegger la cátedra de Husserl en Friburgo, cuando el año anterior le había dedicado ya la publicación de su obra hasta entonces más ambiciosa Ser y tiempo. Husserl, que era judío, fue destituido al tiempo que irónicamente Heidegger veía en el movimiento nazi el deslumbre de una nueva era, una potente luz que infundía valor y esperanza en un mundo del que habían huido los dioses. Por fin se presentaba la ocasión, la oportunidad histórica para el espíritu, y Adolf Hitler un oportuno catalizador. Se hizo cargo un Heidegger muy ilusionado del rectorado de la universidad, con toda la carga simbólica y de responsabilidad que conllevaba tal cargo. Se mantuvo ambiguamente distante de las proclamas políticas que aquí y allá se propagaban, mas no acabó de rechazar la división de los gerifaltes alemanes entre judíos y no judíos. Heidegger no obstante empieza a politizar e interpretar en un sentido muy determinado y concreto toda su jerga metafísica, mientras sus compañeros de viaje (Hannah Arendt, Elisabeth Blochmann, Kart Löwith…) se ven abocados a abandonar Alemania, al tiempo que él lamenta, pero no condena los hechos. Uno de sus discursos, en el año treinta y tres lleva el título de Manifiesto de la ciencia alemana a favor de Adolf Hitler.
Parece ser que la profundidad de su mirada en los terrenos del pensamiento no le sirvió de nada para caer en la cuenta de la tragedia que se avecinaba. En sus delirios de grandeza, en los que se veía como “el Führer de los Führer”, cayó en una tentación, que desde Platón se conoce como la ambición del filósofo rey. No pudo Heidegger o no supo empatizar con sus compañeros de camino hacia la sabiduría. Ni siquiera con la aguda y cercana para él pensadora judía Hannah Arendt, con quien mantuvo un largo y adúltero romance. Llegó incluso a denunciar a Eduard Baumgarten, el filósofo que quiso estudiar bajo su auspicio, y que tras un giró hacia el pragmatismo americano, fue denunciado por Heidegger, quien escribió una carta al doctor Vogel, cabecilla nazi universitario, en donde le decía. “durante su estancia en Friburgo (Baumgarten) ni por su carácter, ni por su capacidad era apropiado para la reflexión filosófica… fue de todo menos un nacionalsocialista… y lo considero inadecuado para entrar en la SA y en la docencia…”. Carta que fue desechada por su gran carga de odio.
Pero en el pequeño pueblo de Messkirch no ha quedado rastro de este descalabro meditativo, y conserva su aire rural, como a Heidegger le gustaba, sus caminos difuminándose en el horizonte, y unas pequeñas mesitas redondas que amenizan el atardecer con sus redondeadas jarras donde la cerveza espesa y casi tibia aguarda.

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